sábado, 29 de agosto de 2026

Los sirvientes que se creyeron amos

Los sirvientes que se creyeron amos

Los sirvientes que se creyeron amos

Hay una idea peligrosa que nos han metido en la cabeza muy poco a poco, casi sin darnos cuenta, y que ya tenemos totalmente interiorizada, y asumida.

Consiste en pensar que los gobernantes, los políticos y los funcionarios que llenan las oficinas de la administración son una especie de casta superior que está por encima del resto de los ciudadanos.

Creemos que están ahí porque son especiales, porque nos hacen un favor y porque, por el mero hecho de ocupar un cargo, se han ganado el derecho a ser obedecidos y admirados a ojos cerrados, nos traten como nos traten. 

Quien gana unas oposiciones o gana unas elecciones confunde el mérito del acceso con una medalla nobiliaria. Una oposición demuestra que estudiaste un temario; unas elecciones, que convenciste a un número de votantes. Ninguna de las dos cosas te otorga un rango de superioridad moral sobre los ciudadanos a los que sirves, ni te exime de la educación, el respeto y la eficacia. 

Ya sea el mismísimo presidente del gobierno subido a un atril, un consejero autonómico, un concejal de un pequeño pueblo o el funcionario de ventanilla que te mira con desgana una mañana de lunes, todos parecen contagiados por la misma enfermedad: se han olvidado de qué significa exactamente su trabajo.

Y la realidad, aunque nos la hayan camuflado durante décadas, es tozuda y muy sencilla. Esa gente no es más que lo que dice su propio nombre: servidores públicos.

El derecho al respeto y el sueldo que pagamos todos

Un servidor público no está para gobernar a capricho, ni para perdonarnos la vida, ni para mirarnos por encima del hombro. Su única y exclusiva obligación es servir al ciudadano. Su trabajo consiste en atender nuestras necesidades, aplicar las leyes con ecuanimidad y comportarse con un profundo y sincero respeto hacia la persona que tiene enfrente. Al final, el orden de los factores no altera el producto democrático: es el ciudadano de a pie el que, con el sudor de su frente y el dinero de sus impuestos, le paga el sueldo a todo quisque en este país. Desde el bedel del ayuntamiento hasta el jefe del Estado.

Hay una idea que han intentado introducirnos en nuestras mentes, y es la del dinero público. Olvídate de la idea del dinero público. De eso se aprovechan, de ese dinero “etéreo”, que no tiene dueño, que no se sabe de dónde viene, y que está hecho para gastarlo. No hay dinero público; lo que hay es dinero de los contribuyentes. El dinero de todos, y que pagamos todos. Y el que cobra de ahí, sirve a quien paga. Es una relación laboral y cívica clarísima que se ha invertido por completo. 

Sin embargo, ¿cuándo fue la última vez que vimos a un candidato presentarse a unas elecciones con la humildad por delante? Yo sigo esperando a ver a un político que se acerque a una plaza y le diga a los vecinos: "Aquí me tienen, díganme qué necesitan, cómo les puedo ayudar y de qué manera puedo ser útil". No. Lo que nos encontramos son campañas de marketing, líderes convertidos en estrellas del rock que vienen a perdonarnos la vida, y partidos que nos quieren únicamente para que vayamos a echar una papeleta cada cuatro años y luego nos callemos la boca.

Nos exigen sumisión, nos piden obediencia ciega y han invertido los papeles por completo. Se supone que en una democracia los ciudadanos mandamos y los políticos obedecen. Hoy ocurre exactamente al revés: el político manda y al ciudadano se le permite, con suerte, opinar bajito. Se han olvidado de que el poder es una delegación temporal, no una propiedad privada. 

Un contrato sagrado: la obligación de servir

A los servidores públicos, sea cual sea su rango o la forma en que hayan accedido a su puesto —ya sea mediante unas oposiciones, unas elecciones o un nombramiento a dedo—, se les debería exigir una vocación de servicio auténtica, plasmada negro sobre blanco. Ya va siendo hora de exigirles una declaración jurada, un compromiso formal o un contrato de cumplimiento estricto que les recuerde permanentemente para quién trabajan.

Deberían tener grabado a fuego que su única razón de ser es servir y proteger los intereses de los ciudadanos y contribuyentes que les pagan religiosamente el sueldo con su esfuerzo diario. No están ahí para medrar, ni para obedecer a las siglas de un partido por encima del bien común, ni para crear normas a su medida. Quien no entienda que el poder es una delegación temporal y subordinada al pueblo, sencillamente no debería pisar un despacho oficial.

Y su incumplimiento demostrado, debería ser causa de despido, cese, o dimisión obligatoria.

Honradez en la trinchera: no todos son iguales

Conviene dejarlo bien claro para no caer en generalidades injustas: no todos los servidores públicos son iguales. Afortunadamente, en los despachos, en los pasillos de los juzgados, en los hospitales o detrás de una ventanilla cualquiera, uno siempre se cruza con personas honradas, honestas y profundamente vocacionales.

Son esos profesionales íntegros que entienden su labor como un auténtico servicio a los demás, que aplican la ley con justicia, que tratan al ciudadano con la dignidad que merece y que sufren en silencio los abusos y la mala fama que los políticos y los enchufados de turno proyectan sobre toda la administración. A esos servidores públicos, los de verdad, hay que respetarlos, agradecerles su trabajo y ponerlos como ejemplo de lo que debe ser la vocación pública. 

En este blog, he querido hacerles un homenaje sentido y agradecido a todos esos servidores públicos, que hay muchos, que han servido a sus conciudadanos, con honradez, honestidad, y diligencia, para hacer sus vidas mucho mejores. Recórrete las interioridades de este sitio, y entra en las Fichas de Honor, y te encontrarás distintos ejemplos de ello.

Pero el problema no es la figura del funcionario o del trabajador del Estado; el problema es cuando el poder corrompe el sistema y convierte la excepción interesada en norma.

El gran engaño: la democracia del silencio

Esta situación de superioridad ridícula no ha surgido por generación espontánea. Nos han adormecido. Nos han educado en la resignación. Nos han hecho creer que protestar es de incívicos, que exigir explicaciones es molestar, y que los abusos de poder son "gajes del oficio" de la política.

Nos han convertido en ciudadanos sumisos, acobardados y obedientes. Y los políticos, viendo que por nuestra parte no hay respuesta, se han venido arriba. Se han instalado en un pedestal del que ahora es dificilísimo bajarles. Se creen los dueños del cortijo.

¿Dónde ha quedado la verdadera democracia? Una sociedad democrática no es aquella en la que un grupo de elegidos hace lo que le da la gana durante cuatro años y los demás aplaudimos con las orejas. La democracia es el gobierno del pueblo. Del ciudadano. Y si nosotros, los que pagamos la fiesta, no cogemos el mando y empezamos a exigir lo que nos pertenece, nadie lo va a hacer por nosotros.

Dinero a manos llenas para caprichos, miseria para lo esencial.

Pero donde la falta de respeto es absoluta, y donde ya se cruzan todas las líneas rojas es en el manejo absolutamente irresponsable y burlón que hacen del dinero de los contribuyentes. Nos miran a la cara y se ríen mientras aprueban subidas de sueldo para los políticos y altos cargos —o crean nuevos puestos a dedo para colocar a los amigos— en momentos en los que la economía familiar hace aguas, la inflación ahoga a las familias y hay bolsas crecientes de pobreza y precariedad instaladas en nuestras calles.

Tienen la desfachatez de desviar ingentes partidas de dinero público a ocurrencias políticas y chiringuitos ideológicos —como gastar miles de euros en campañas de propaganda institucional autocomplaciente, subvenciones millonarias a asociaciones afines o estudios y observatorios duplicados que no sirven absolutamente para nada— mientras ignoran las necesidades reales de la gente.

Porque mientras se despilfarra en lo superfluo, la sanidad pública se cae a pedazos con listas de espera interminables, las carreteras secundarias acumulan baches peligrosos, los montes sufren por falta absoluta de prevención y limpieza frente a los incendios, y las infraestructuras básicas que vertebran el país se pudren por falta de inversión. Prefieren financiar sus caprichos y mantener sus redes clientelares antes que garantizar una vida digna y unos servicios públicos eficaces a quienes pagan religiosamente sus impuestos.

Es toda una absoluta falta de respeto hacia los contribuyentes, que hace que aún se sientan todavía más empoderados, y más fuertes en su papel dominante, y profundamente antidemocrático. Se saben poderosos, y lo quieren demostrar.

Las instituciones al servicio del escudo protector

El resultado de este letargo ciudadano lo estamos viviendo hoy mismo en nuestras propias narices, sin ningún disimulo y a plena luz del día. Como saben perfectamente que la sociedad está anestesiada y que no saltamos ni aunque nos echen agua caliente, han perdido el pudor por completo.

Han manipulado las instituciones con una desfachatez insoportable. Han colocado a sus amigos y afines en los puestos clave para asegurarse una red de seguridad. Da igual lo que pase: siempre habrá una entidad amiga dispuesta a echarles un cable y librarlos de toda responsabilidad.

Lo hemos visto con una claridad pasmosa. Si los tribunales ordinarios o el mismísimo Tribunal Supremo juzgan y condenan a los suyos por escándalos monumentales de corrupción —ahí está el doloroso ejemplo de los ERE en Andalucía—, ya se encarga el Tribunal Constitucional de buscar la cuadratura del círculo, declarar la inconstitucionalidad del proceso y borrar las penas de un plumazo. O si necesitan los votos de aquellos que se saltaron la ley para mantenerse en el sillón de la Moncloa, no tienen ningún reparo en modificar a la carta el Código Penal ni en aprobar una medida tan bochornosa como la ley de amnistía al exclusivo servicio de unos pocos, perdonando delitos graves a cambio de mantenerse en el poder. 

El descaro ya es absolutamente chirriante. Lo hacen con chulería, riéndose a la cara de un contribuyente que cruza sus semanas de sol a sol para llegar a fin de mes. Saben que nadie va a protestar. Saben que nos tragaremos casi cualquier píldora con tal de seguir viendo el partido de fútbol el fin de semana en paz. El respeto por el ciudadano, brilla por su ausencia.

Despertar para volver a mandar

Esto tiene un límite, y ese límite lo tenemos que poner nosotros. Los políticos y los cargos que se han corrompido no van a volver a comportarse con honradez y humildad por iniciativa propia; a ningún privilegiado le amarga su estatus ni renuncia voluntariamente a los sillones.

Pero miremos a nuestro alrededor y démonos cuenta de una verdad tan sencilla como poderosa: toda la razón y toda la legitimidad están de nuestro lado. No somos nosotros los que nos hemos saltado las normas, ni quienes cobramos un sueldo público a costa del esfuerzo ajeno para traicionar la confianza de los ciudadanos. Es el poder el que se ha olvidado de su deber y el que le ha dado la espalda al pueblo.

Por eso ha llegado la hora de sacudirse el polvo de la resignación. Tenemos el derecho, el deber y la fuerza moral para despertar de este letargo. Ningún gobierno es eterno ni ningún abuso dura para siempre si el pueblo decide abrir los ojos y ponerse en pie. Recuperemos nuestra dignidad, exijamos lo que nos pertenece por justicia y volvamos a mandar en nuestra propia casa. La democracia no es una patente de corso para los políticos; la democracia somos nosotros, los ciudadanos libres que nos negamos a arrodillarnos.

Si os animáis a ello, contad conmigo, y con Políticamente Insumiso.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Manifiesto Fundacional

  Manifiesto Fundacional Hay momentos en los que el ruido de la actualidad política se vuelve ensordecedor. Se grit...